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ENTRETENIMIENTO

NUEVO PERSONAJE GAY EN EL CINE MEXICANO

Por Ulises Pérez Mancilla

Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, nunca acabarás de ser amor (México, 2003), la ópera prima de Julián Hernández, posee una virtud, y no precisamente su perfección técnica.

De manufactura artesanal y espíritu independiente, esta cinta cuenta la historia de un adolescente gay que deambula por la ciudad, día y noche durante cinco días, soportando el peso de su vacío emocional y la angustia de haber perdido nuevamente al “ser amado”... que no es otro sino la esperanza depositada en el último ligue de un círculo vicioso, cuyo motor es la miseria sexual y el anhelo de cariño.

Filmada en blanco y negro, con calidad cuestionable pero con la suficiente fuerza como para darle personalidad a un relato, coquetea desde el título con la cursilería y el lugar común.

La película (escrita y dirigida por el propio Hernández) transgrede el estereotipo global del homosexual, que oscila entre lo kitch y lo fashion; y aporta un ejercicio fílmico más cercano a la incisiva De frente al vacío (Head on, Grecia, 1998) que a farsas ligeras como ¿Es o no es? (In and out, EUA, 1997).

Mil nubes de paz... no sólo ofrece al espectador una radiografía social que se percibe leal y comprometida con la problemática en que se inspira (es decir, las prácticas sexuales -efímeras- que un sector relevante de la población busca desesperadamente en los espacios urbanos), sino además redescubre el potencial de las imágenes y reduce su narrativa a diálogos cortos que crecen en importancia a partir de silencios austeros, cómplices, desoladores.

“La gente debería estar obligada a ser feliz”, replica un personaje arropado por la estética del dramatismo (“Juró amarme un hombre sin miedo a la muerte”, escuchamos en voz de Sarita Montiel una y otra vez a lo largo de la película) y es con esta escena con la cual Julián Hernández conduce su obra hacia un camino estrepitoso donde lo último que cabe, irónicamente, es un final feliz.

Por eso, aunque la apuesta del protagonista sea por el amor, es la ausencia del mismo la que recrudece el escenario de contexto y enfrenta al público, sin complacencias, a un lado del imaginario social que la gente ha preferido ignorar, esto es, la negación al reconocimiento del “otro”, en coexistencia con la necesidad de “ser” a través del “otro”.

 



 
                       
                       
                       


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