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EL DESCRÉDITO DE LA BARRIGA

Por Flora Sáez/Sentido G

La barriga es un asunto que cada vez preocupa más a los hombres. Si hace décadas confería prestigio, hoy pasa como un signo de negligencia y de falta de salud. Quizá por ello es la zona del cuerpo que más inquieta a los varones.

Pero no es fácil luchar contra los genes. Por razones genéticas, los hombres acumulan grasa en el perímetro abdominal. En este caso, los depósitos son superficiales, es decir, subcutáneos. Aunque una dieta adecuada y el ejercicio pueden reducirlos, cabe una solución quirúrgica: la abdominoplastia.

Así es que la tripa masculina (barriga cervecera, flotador, vientre abultado, abdomen prominente o como quiera llamársele) preocupa. Y no podían faltar en Estados Unidos, el país de las estadísticas, datos que corroboren hasta qué punto hablamos de una inquietud creciente entre los hombres.

La revista Psicology Today los aporta muy interesantes: en 1972, el 36 por ciento de los hombres decían estar a disgusto o preocupados por su contorno abdominal, mientras que en 1985 llegó a 50 por ciento y en 1997 arañaba ya el 63 por ciento.

Rosa Raich, psicóloga de la imagen de la Universidad de Barcelona, realizó un estudio en el cual encontró que, de la apariencia física, lo que más inquieta a los hombres es: el abdomen, las nalgas, la altura y el cabello.

Hace algunas décadas, la grasa prominente sobre la cintura era considerada una marca de riqueza, vigor y respetabilidad social, pero ahora es un signo de insalubridad, descuido y negligencia.

La irrupción de las dietas para adelgazar forma parte de un proceso en el que el cuerpo es rehabilitado social y culturalmente frente a una tradición cristiana que lo hacía blanco permanente del pecado y la sospecha, y en el que los cánones de salud y belleza comienzan a asociarse a la delgadez y no a las figuras corpulentas y rollizas.

Los mecanismos que vinculan peso y respetabilidad social, aunque a menudo actúen de modo inconsciente, suelen ser bastante poderosos, explica la antropóloga norteamericana Margaret MacKenzie.

Hoy el ideal estético masculino se sitúa en el tipo fitness: un hombre definido, sin grasa y con músculos bien desarrollados. Un cuerpo parecido al de los modelos de bañadores, con torso en forma de V, una especie de pirámide invertida que se afina desde unos hombros anchos a una cintura y caderas estrechas y, por supuesto, sin grasa sedimentada.

Según varios estudios, lo que más desagrada del cuerpo de un varón es la forma de pera: hombros estechos y cintura y trasero anchos. Lo que ocurre es que no siempre es fácil luchar contra los malos hábitos y menos aún -por no decir imposible- doblegar la tendencia de nuestros propios genes.

Si al mandato de los genes añadimos los estragos ocasionados por el sedentarismo y una alimentación inadecuada -atención al alcohol, grasas saturadas, harinas y dulces- el flotador está servido.

Pero este desagradable compañero es tan sólo un primer estadio del problema cuyos inconvenientes son fundamentalmente estéticos. Cuando el flotador se convierte en algo parecido a un balón de playa (¿tiene usted uno de esos vientres inflados, duros y tersos, difíciles de pellizcar?) hemos cruzado la línea roja.

La grasa ha dejado de ser superficial, es decir, no está entre la piel y el músculo, sino debajo del abdomen. Se ha infiltrado y está afectando al funcionamiento de las vísceras, del corazón y, sobre todo, del hígado, dando lugar a muchos más riesgos metabólicos (diabetes de tipo dos, colesterol, triglicéridos y otros) y cardiovasculares (infartos de miocardio, anginas de pecho, hipertensión y demás).



 
                       
                       
                       

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