Por Enrique Gómez y Sergio
Dosal
Talentoso, sublime, pasional,
exitoso, disciplinado, atractivo, dueño de su propio rumbo, en pleno
equilibrio espiritual y en constante evolución, es Horacio Franco, un
mexicano de fama internacional como flautista, ejemplar como ser humano, pleno
como hombre con su pareja, un gran orgullo y ejemplo a seguir para la
comunidad gay.
Con 25 años como músico y
múltiples premios en todo el mundo, fundó la primera escuela de flauta en
América Latina, obtuvo el grado de solista cum laude en el Sweelinck
Conservatorium de Amsterdam y se ha presentado en la sala filarmónica de
Berlín, en el Queen Elizabeth Hall de Inglaterra, en el Carnegie Hall de
Nueva York y en otros foros de México, Estados Unidos, Canadá,
Latinoamérica, Europa y Medio y Lejano Oriente.
Su repertorio músical abarca
desde las formas tradicionales de lo medieval, renacentista y barroco, hasta
la música latinoamericana colonial, contemporánea, folclórica y popular.
Actualmente es director de la Orquesta Barroca Capella Puebla y cuenta con 17
materiales discográficos en su haber.
Hablar con Horacio Franco es
una experiencia enriquecedora para los homosexuales que estamos ávidos de
ejemplos a seguir, porque su equilibrio espiritual está presente en su
profesión, en su cuerpo, en su pareja, en su mente y en su casa, donde -por
azares del destino- vivió durante su infancia y donde recibió a Homópolis
con los brazos abiertos.
¿Cómo se dio tu
encuentro con la flauta?
Todo comenzó en la secundaria, cuando no tenía idea de la música. Mis
padres no me inculcaron el arte, pero mi interés surgió a través de una
compañera de clases que ejecutó en piano una sonata de Mozart. Tal vez la
chica pensó que me había flechado, pero mi atención fue hacia lla sonata.
Ahí me enamoré de la música clásica.
¿Cómo surgiste en la
escena musical?
Primero participé en festivales de la escuela. Cuando entré al
Conservatorio de Música, no existía la carrera de flauta, pero yo era un
virtuoso autodidacta en ese instrumento. Mi maestro de violín, el italiano
Isidro Bretto, era director de la Orquesta de Cámara del Conservatorio y no
sabía que yo tocaba la flauta, pero le pedí que me permitiera tocar una
pieza de Vivaldi, como solista en su orquesta. Se rió de mí, no me creyó,
pero me dio una cita para hacerme una prueba. Así fue como debuté el 12 de
abril de 1978 en Bellas Artes. Luego fundé la Escuela de Flauta en el
Conservatorio y a los 17 años me aceptaron para estudiar en la mejor escuela
de música del mundo, que está ubicada en Holanda, donde pasé cinco años de
mi vida.
¿Cómo fue tu
adolescencia?
Fue maravillosa, porque en la adolescencia descubrí que quería ser
artista y, al mismo tiempo, quería asumirme como gay. Fui un adolescente
retraído y me enamoraba fácilmente de mis compañeros y no sabía cómo
guiarlo. En primer año de secundaria ya tenía un novio, era un vecino y
sentía mucha pasión por él.
¿Cómo asumiste tu
homosexualidad?
Nunca fue algo que problemático para mí, aunque siempre me planteaba la
manera de llevar mi vida lo mejor posible. Me daba miedo el rechazo, incluso
de mi familia. Sin embargo, mi madre tenía amistad con una pareja gay que
tenía una tintorería. Entonces, a los 11 años yo ya tenía novio, a los 13
años me salía a ligar a la Zona Rosa y a los 14 años tuve mi primer
novio-amante que me llevaba diez años.
¿No fue traumático tu
proceso de aceptación?
A los 16 años yo ya estaba perfectamente aceptado. Pero sí sentía
miedo, sobre todo social, porque ya había escuchado de muchas madres
castrantes y locas, como la de un amigo de mi hermana, quien al enterarse de
que su hijo era homosexual lo vistió de niña y lo sacó a la calle. Temí
que mi madre reaccionara así, pero ella ya lo comenzaba a saber, así que
cuando me lo preguntó, le dije que sí era gay y me llevó con el psiquiatra,
quien consideró que la terapia no era para mí, porque yo estaba aceptado,
sino para mi madre, quien tendría que aceptarlo.