Por Salvador Irys
Marcos es un chico de 18
años, es gay y no tiene problemas de aceptación; estudia la preparatoria y
es un alumno regular. Carlos tiene 18 años, es compañero de clase de Marcos
y amigo de toda la vida, no sabe de la orientación sexual de su amigo, ya que
Marcos no se imagina qué reacción tendría al enterarse.
Juntos han vivido una y mil
aventuras: desde las pintas, las primeras borracheras y chocar el carro de su
papá, entre muchas otras. Cuando la mamá de Carlos tiene que salir de viaje,
éste se queda en la casa de Marcos. Todo parece muy bien, sólo que a
últimas fechas Marcos siente una muy fuerte atracción por su amigo, no
pierde la oportunidad de mirarlo cuando se cambia delante de él, lo extraña
cuando no están juntos y siente una repulsión por Mary, la niña que le
gusta a Carlos.
A muchos nos puede sonar
familiar esta historia. ¿Cuántas veces nos hemos visto en una situación
parecida? Es común que nuestro primer amor platónico sea un amigo de la
escuela, un vecino, un profesor o alguien muy cercano a nosotros, pero con un
pequeño inconveniente: "¡es heterosexual!".
Como Marcos, nos preguntamos
una y otra vez ¿qué hacer? ¿Confesárselo? ¿Alejarnos? La situación es
muy difícil y hay que agregar el sentimiento de culpa por haber puesto los
ojos en alguien que no dio pie para ello. Además, el decírselo implicaría
quedar al descubierto en nuestro circulo de amigos (cosa que a lo mejor no
estaba en nuestros planes inmediatos)
Marcos y Carlos se separaron.
Carlos no supo entender a su amigo y nunca más se volvieron a ver. Carlos
ahora tiene una pareja, mas siempre recuerda aquello que no pudo ser: a su
amigo y primer amor que, tal vez por miedo, por ignorancia o simplemente
porque no estaba en sus manos, no pudo corresponderle.
Las
chavas
Sonia es estudiante del CCH
Sur, le encanta ir a las tocadas de ska y nunca falta los sábados al tianguis
del Chopo. Mirna estudia en el mismo salón y comparte los mismos gustos de
Sonia. De hecho, las dos se perforaron la misma ceja como prueba de su
amistad.
Mirna tiene novio, mas
siempre le ha confesado a su amiga que no se siente a gusto con él. Sonia,
sin embargo, no le interesa tener novio, con la amistad de Mirna se siente
más que bien. Además, últimamente se ha dado cuenta de que no le atraen los
hombres y que la cercanía con personas de su mismo sexo la pone nerviosa.
Sonia y Mirna se la pasan
casi todo el tiempo juntas, hecho que ha suscitado comentarios de parte de sus
compañeros y que además les tiene sin cuidado; pero el otro día durante una
tocada en el Zócalo quedaron tan juntas que Sonia sintió un deseo
incontenible de besar a su amiga. A partir de ese día, Sonia no ha podido
dormir tranquila, no hace más que pensar qué hubiese pasado: ¿le habría
correspondido su amiga? ¿La habría rechazado?
Es común que nuestro ideal
de pareja se parezca a lo que tenemos más cerca; a fin de cuentas es quien
comparte nuestros gustos, quien tiene los mismos ideales, con quien pasamos la
mayor parte del tiempo y quien nos dijo que en una relación era fundamental
el sexo. El problema es que a quien nombramos el objeto de nuestro afecto no
conoce realmente nuestro sentimiento hacia ella o él.
Sonia se armó de valor y un
día saliendo de la escuela le dijo a su amiga que era lesbiana y que además
estaba enamorada de ella. Mirna le dijo que ya se lo imaginaba y que el hecho
de que tuviese una orientación sexual distinta no era problema para que
siguieran siendo amigas, pero que no le gustaban las mujeres y no podía
corresponder a ese sentimiento.