Por Manuel Zozaya
Uno de los fenómenos que la
epidemia de sida está mostrando a la luz es la existencia de una práctica (y
una subcultura) bisexual mexicana muy extendida en ciertas áreas rurales y
grupos específicos urbanos.
A través de la organización
Xochiquetzal, Juan Carlos Hernández Meijueiro ha realizado una extensa
investigación sobre las prácticas bisexuales de los varones en dos
comunidades veracruzanas, donde la cultura sexual es muy diferente a la de las
grandes ciudades.
Con cuatro años de
experiencia en este trabajo, explica su visión de la práctica bisexual en el
medio rural mexicano:
En las culturas urbanas
mexicanas no existe una identidad bisexual, como existe una identidad gay, en
cambio en otras regiones como los ranchos de Veracruz o de Jalisco existe la
figura del mayate.
En estas comunidades rurales,
es fácil que se hable del homosexual y del travesti, le dicen choto, pero es
impensable la idea de invitarlo a una fiesta de la familia a él y su pareja,
al que llaman mayate.
Los mayates son jóvenes que
desde chavos empiezan a conocer a los chotos y a tener relaciones sexuales con
ellos, pero al mismo tiempo tienen novia, les gustan también las mujeres. En
ese sentido serían bisexuales, como objeto de deseo, pero no se sienten gays.
Se sienten 'muy hombres'. En todo caso, son mayates.
Hemos entrevistado a muchos
mayates y encontramos en ellos una doble moral. Dicen que no se enamoran de
los chotos, nada más se divierten con ellos, pero no se dejan besar ni
penetrar. Sin embargo, al entrevistar a los chotos, dicen que eso no es
cierto. Algún chavo mayate en un rancho, ya en confianza, lo describía de la
siguiente manera:
"Algunas veces uno se
pone loco, será la luna, güero, la luna nos puso maniacos, estábamos
embramaos, nos embramó la luna. "Así dice y yo me imagino un lunononón
tremendo y entonces uno sí puede dejarse hacer lo que sea, sobre todo si
está borracho. Ellos dicen que esa región es la tierra del aguacate, el que
no es choto es mayate".
Entonces, el mayate, visto
desde la crítica occidental urbana sí es bisexual, pero para ellos ese es un
concepto ajeno. A una señora, ama de casa, cuyo hijo y su amigo son mayates
le preguntamos qué piensa de los gays y responde: "Pus así son, como
la matita del café, así crecieron".
Y todos saben quién mayatea
y quién no, y hasta se lo gritan en la calle. Se chotean, se burlan de los
gays, pero del mismo modo que se burlan de los mayates y de los gordos, de los
guapos y del rey feo, y de la reina. Se burlan de todos porque es una cultura
festiva.
Yo he encontrado que incluso
hay mayates que se enamoran de los gays y reproducen el machismo heterosexual
que tienen con sus esposas. Al choto le ponen casa, lo protegen, lo celan
mucho y al mismo tiempo reconocen que tienen, además, a su esposa.
Un estudio en la cuenca del
Río Papaloapan, que publicó un periódico de la ciudad de Jalapa, afirma que
un 63 por ciento de los hombres entre 12 y 40 años reconocen tener prácticas
sexuales con hombres además de con mujeres. En todo caso son muchos más de
los que se ven porque la doble moral obliga a esconderlo.
Esto además va de la mano
con de la cultura del alcohol, que acompaña la construcción del género
masculino. Entonces, si le sumamos que la homofobia sólo se puede manejar
atarantando la censura interna, el alcohol funciona, es excelente para esto;
desinhibe, permite que reconozca deseos que sobrio no son reconocidos, permite
hacer cosas que sobrio no se harían.