Por Javier Sáez
El modelo de identidad sexual
dominante en nuestras sociedades sigue siendo el heterosexual.
Desde los procesos iniciales
de socialización de los niños (la escuela, la familia, la televisión), los
referentes de identidad sexual se articulan en torno a la relación
hombre/mujer, relación que se ha constituido como parámetro de lo
"normal" y que, por tanto, se percibe como lo "natural".
De este modo, se da por
entendido que la heterosexualidad es el destino para todo sujeto, quedando al
margen del discurso y de las representaciones cualquier otro tipo de
orientación y práctica sexuales.
En la cultura occidental, un
hombre debe reconocerse en los atributos de lo masculino (fortaleza,
inteligencia, vitalidad, potencia), esperar un placer derivado del sexo con
las mujeres y tener unas expectativas de pareja y paternidad para el futuro.
También existen prototipos
de cómo ser "toda una mujer": cariñosa, sensible, pasiva,
maternal, hogareña y, por supuesto, con el deseo orientado hacia los hombres.
Gracias a este análisis es
fácil comprender la existencia de un régimen de heterosexualidad, pero ¿y
si en la actualidad estuvieran emergiendo otros regímenes? ¿Y si estas
tecnologías de la sexualidad estuvieran desplegando nuevos discursos, nuevas
identidades sexuales a las cuales adherirse?
Tal es el caso de la llamada
"cultura homosexual". Hace tres décadas se dieron a conocer los
primeros movimientos de liberación de gays y lesbianas en Estados Unidos, a
partir de la famosa revuelta de Stonewall.
Travestis, gays,
transexuales, lesbianas, bisexuales comenzaron a organizarse y a denunciar la
homofobia, un régimen de opresión y violencia que existe sobre determinadas
prácticas sexuales desde hace siglos.
Poco a poco, estos grupos
empiezan a tener una cierta presencia pública y, aunque sus revindicaciones
tienen aún poco alcance, en muchos países del ámbito occidental se van
creando movimientos similares. Al mismo tiempo, el comercio empieza a atender
las demandas de ocio de gays y lesbianas.
Aunque antes de esta época
ya había lugares de ambiente en muchas ciudades europeas, a partir de
mediados de los setenta empezaron a proliferar, tanto en Estados Unidos como
en Europa, numerosos bares, discotecas y saunas dirigidos a un público gay.
El mundo de la moda también
produce mercancías para este público y está generando una estética que es
cada vez más reconocible como gay. El mercado de la pornografía se lanza a
una producción masiva de revistas y vídeos, saturados de muchachos
superdotados, musculosos y bronceados.
Un análisis detallado del
ambiente gay en la actualidad revela la existencia de una normatización cada
vez mayor de sus espacios. La estética comienza a hacerse homogénea
(calzoncillos Calvin-Klein y camisetas Versace o Moskino) y la música insiste
en las mismas canciones (Village People, Pet Shops Boys, Madonna).
Los cuerpos se cultivan en
una misma dirección (cuerpos musculosos, piel bronceada, ausencia de bigotes
y barbas). El ideal masculino (en vídeos, revistas, películas) supone un
cuerpo joven, sin vello y atlético.