Por Martha Cuevas
A principios de los ochenta,
en el ambiente gay de la ciudad de México sólo había un barcito. El ligue
homosexual se daba más bien de manera clandestina en la calle y en los cines;
aunque era peligroso, porque nunca sabias si te estabas ligando a un rufián,
a un judicial o a un policía.
En ese entonces, un chico
entusiasta, recién titulado en Relaciones Industriales, de nombre Oscar
Herrera, planeó abrir un negocio junto con un amigo. Ambos pensaron en un
espacio de convivencia gay, pero a Oscar no le interesaba un bar, porque la
vida nocturna nunca le ha llamado la atención.
Así que en 1983 decidieron
abrir el Club San Francisco, un gimnasio exclusivamente para gente gay. Los
chicos llegaban, se daban la vuelta, entraban y se regresaban, hablaban por
teléfono, pedían información, pero no se decidían a incribirse en el club.
La gente tenía miedo, porque no sabía a qué se iba a enfrentar.
El concepto gay del gimnasio
provocó el rechazo de algunos vecinos. Otros aplaudieron la valentía de los
empresarios. La autoridad delegacional visitó tres veces el club con el fin
de clausurarlo por supuesto lenocinio, pero cuando se daban cuenta de que era
un gimnasio totalmente regular, no pudieron hacer nada.
Un día, el esposo de una
vecina llegó al club para hacer ejercicio y se metió a bañar en las
regaderas. La esposa entró muy enojada a buscar a su marido y lo encontró en
gran clic con uno de los clientes… ¡Fue el acabose!
A raíz de eso, se empezaron
a dar pláticas de sexualidad con el apoyo de Ave de México, una
organización que en ese entonces empezaba. Los chavos llegaban a convivir, a
cotorrear, a tomar un café, a ligar y a recibir información. Se empezaron a
hacer fiestas, coreografías y performances. El concepto del Club San
Francisco empezó a cambiar.
La
Casita
En ese entonces, una tía de
Oscar Herrera le regaló una casa, donde intentó establecer una escuela
secretarial, pero la zona donde estaba ubicada no era la más adecuada,
entonces la utilizaron para hacer una fiesta. Y como fue todo un éxito,
decidieron hacer fiestas todos los fines de semana, luego dos veces por semana
y luego tres veces por semana.
La casa de Viaducto 72 se
convirtió en un lugar de mucha convivencia. Las fiestas tenían un horario
muy limitado: de 10 de la noche a 3 de la mañana. La gente estaba deseosa de
un lugar confiable y seguro donde conseguir un preservativo, donde ver
películas. La gente estaba pidiendo un espacio que no había.
Después, se logró abrir las
24 horas al día. El nombre inicial de este espacio era Best Center,
pero después se llamó La Escuelita, hasta que la misma gente le empezó a
llamar La Casita, nombre que finalmente adoptó.
Sin embargo, fue necesario
establecer un marco jurídico para desempeñar sus actividades, así que Oscar
Herrera se dio a la tarea de crear una asociación civil con el nombre de
Fundación Universal de Protección Privada y Educación Sexual.
Para ese entonces, el sida ya
tenía índices de gravedad en la sociedad mexicana y mucho del trabajo gay se
estaba enfocando a la sexualidad, por lo que Oscar empezó a armar un proyecto
que ayudara a consolidar una cultura del uso del condón, el desarrollo de
habilidades individuales y grupales, la interacción y la promoción del arte
y la cultura.
Así fue como surgió la
fundación Educación, Entretenimiento y Desarrollo, pensado originalmente
para ser establecido en Insurgentes Sur 228, colonia Roma. Pero nunca se pudo
echar a andar el proyecto en este espacio, ya que a la gente le ganó la
calentura y lo convirtió en La Casita II.
Entonces, a Oscar le
ofrecieron el inmueble ubicado junto a la La Casita II, que tiene entrada
sobre la calle de Colima. Así nació el Centro Cultural de la Diversidad
Sexual, cuyo fin es la promoción de la cultura y la convivencia sin sexo.