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¿POR QUÉ DISCRIMINO?

Por Rosa Feijoo *

¿Qué hace que un ser humano discrimine, desprecie o rechace, violentamente con frecuencia, a otro de su misma especie? ¿Quiénes somos esos discriminadores? Creo que todos, en un momento u otro de nuestra vida, lo somos o lo hemos sido.

Los expertos en psicología, desde Freud a la fecha, coinciden en que nuestra manera de ser se forma y se define en los primeros años de nuestra vida, cuando vemos a los padres como dioses y cuando lo que ocurre en el seno de la familia es nuestro único punto de referencia.

Si en este ámbito el niño es sujeto a algún tipo de vejación, de burla, de abandono, de humillación o de violencia, transmitida verbalmente o por medio de actitudes, por mínima que sea, surgirán en él sentimientos que se quedarán en su inconsciente de por vida.

Inclusive, estos sentimientos pueden irse magnificando a lo largo de la vida y generalmente se manifiestan como culpa, vergüenza, miedo o baja autoestima.

Ese niño, a partir de sus experiencias personales, hace generalizaciones sobre la vida, mismas que se van convirtiendo en patrones negativos de comportamiento a los que se hace adicto y que son difíciles de descartar porque el ser humano tiende a quedarse con lo que conoce y no aventurarse a lo desconocido, lo que Maslow ha llamado: "el miedo al conocimiento".

Esos patrones adictivos son el orgullo, el miedo y el voluntarismo. El orgullo nos dice que somos mejores que los demás. El miedo, que debemos protegernos, de manera que cualquier cosa que hagamos, por más mala que sea, tiene su justificación. Y el voluntarismo dice que debemos obtener lo que deseamos, cuando queramos, justificando así nuestro egoísmo y nuestra falta de respeto hacia los otros.

Se dice con frecuencia que la persona violada, tiene tendencia a ser violador. Que el niño agredido, se convierte en adulto agresor. De igual manera, el niño burlado, despreciado, juzgado, discriminado por sus propios padres o familiares cercanos, se convertirá en "discriminador".

No hay que olvidar que todo este proceso comienza el día en que nace el niño e incluso antes de nacer, a través de procesos bioquímicos en el cuerpo materno.

Susan Thessenga, en su obra Vivir sin máscaras, dice: "En cualquier vida humana, los dolores de la infancia por la pérdida o el rechazo, la invasión o el abandono, son un cúmulo de sentimientos que se van cubriendo con nuestras defensas de hostilidad y retraimiento, de sadismo y masoquismo".

De esta forma, el niño lastimado dentro de nosotros siempre estará tratando de volver a actuar ante cada abuso, de la misma manera en que, compulsiva e inconscientemente, recreamos otras heridas causadas por nuestros padres. Si fuimos maltratados y nos sentimos indefensos, tal vez de adulto nos dará placer sentirnos poderosos ante los demás, en una especie de revancha inconsciente.

Estos son los rasgos de sadismo que se encuentran en casi todo discriminador. A esto hay que añadir que el joven o el adulto que de niño fue descalificado, aprende de la misma manera patrones de juzgamiento y descalificación a otros. Los padres, lo quieran o no, son los primeros maestros en todo, nuestros modelos de por vida y la tendencia humana es a repetir esos primeros patrones.

"El miedo al conocimiento" funciona más o menos de esta manera: si hay otros diferentes a mí, ya sea en color de piel, orientación sexual o estatus socioeconómico, prefiero ignorar las circunstancias en las que viven porque si las conozco voy a entrar en contrariedades, incongruencias y absurdos de mi propia existencia.



 
                       
                       
                       


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