Por Abraham Landeta *
"La vida de los
muertos perdura en la memoria de los vivos".
En memoria de Osvaldo Ramírez
Según una leyenda popular
sobre la fundación de Puebla, en vísperas del día de San Miguel, la noche
del 28 de septiembre de 1530, el fray Julián Garcés recordaba con nostalgia
y sufrimiento la pérdida de un ser cercano.
Vencido por el cansancio y
por la tristeza, Garcés se durmió y tuvo un sueño en el que los ángeles le
indicaban un lugar ideal para la fundación de un nuevo poblado en la Nueva
España. Fue ahí donde se estableció Puebla de los Ángeles el 16 de abril
de 1531.
De acuerdo con la misma
leyenda, hay quienes piensan que el ser querido por el que Garcés sufría su
muerte fue uno de los ángeles que le indicó el sitio para la fundación de
Puebla. Por lo tanto, de no haber fallecido su ser amado, la ciudad en
cuestión no existiría.
Al igual que Fray Garcés,
todos hemos perdido en alguna ocasión a alguien cercano, tal vez un abuelo,
un amigo, una pareja o un simple conocido del cual sólo sabíamos su nombre.
Al recordarlo, el dolor nos invade, pero deja algo en nosotros.
A Garcés, le dejó un sueño
que se transformó en ciudad; a nosotros, nuestro ser querido también nos
deja algo significativo cuando se marcha. Lo primero que pasa por nuestra
cabeza es: ¿Por qué le tenía que pasar a el o a ella?
En principio, consideramos
sumamente injusta la situación, pues llegamos a creer que nadie debería
morir, mucho menos alguien cercano a nosotros; pero debemos comprender que la
muerte y la vida forman un binomio inseparable que le dan significado a la
existencia misma.
Ya desde pequeños, en la
escuela, nos enseñaban el famoso ciclo de la vida: nacer, crecer,
reproducirnos y morir. Pero nuestros maestros de biología suelen omitir uno
de los elementos más importantes de la naturaleza humana: dejar huella.
Muchos de los que ahora ya no
están con nosotros y que dejaron su cuerpo en este mundo han marcado nuestra
existencia con sus acciones y han dejado en nuestros corazones momentos
inolvidables. No hay que olvidar que la vida de los muertos perdura en la
memoria de los vivos.
¿Qué hay después de la
muerte? Nadie de este mundo con certeza puede responder esta pregunta. Quienes
creen en un ser supremo afirman que existe un paraíso donde las almas suelen
encontrarse y disfrutar eternamente de felicidad.
Otros opinan que el alma
regresa a este planeta naciendo en el cuerpo de otro ser. Hay quienes dicen
que simplemente es el final, que no hay nada más después. ¿Acaso importa
quién tenga la razón?
El escritor austriaco Stefan
Zweig (1881-1942) decía que "no basta con pensar en la muerte, sino que
se le debe tener siempre delante. Entonces, la vida se hace más solemne, más
importante, más fecunda y alegre".
Lo más significativo de la
muerte es disfrutar la vida misma. Nadie sabe cuanto tiempo estaremos en este
mundo, por lo que hay que disfrutar cada instante de nuestras vidas.
Por ello, es mejor pensar en
minutos y segundos, en vez de hacerlo en meses o años. En otras palabras,
gozar cada instante de nuestra vida al máximo compartiendo cada segundo con
quienes nos rodean.