MIEDO Y AUTOMARGINACIÓN,
MORDAZA DE VIDA
Segunda de dos partes
Por Mario Mendoza
A pesar de todas las
desventajas sociales que padecen, los homosexuales mexicanos de la tercera
edad tienen miedo a hablar de sí mismos. Muchos se automarginan porque creen
que nadie debe enterarse de su orientación sexual.
Algunos de los argumentos que
pasan por su cabeza son: “es malo y condenable”, “me van a dejar de
querer”, “voy a perder mi casa” o incluso “tengo miedo” y “nadie
tiene por qué enterarse de mi vida”.
Durante el desarrollo de esta
investigación, el hermetismo fue constante; lo que impidió una y otra vez
contar con testimonios amplios de un segmento poblacional que,
paradójicamente, siempre ha sido socialmente inexistente y ahora se
autoexcluye.
Las mujeres son aún más
invisibles para la sociedad. Casi siempre están dentro de su casa, con el
diario trajín, sin mayores sobresaltos. Calladas y, si es que tienen hijos,
temerosas de que nadie se entere de su realidad.
Viejos,
pero no castrados
Entrevistado en el ligue
cotidiano de la Alameda Central, Ramón –pensionado de 75 años- comenta:
“Hay que buscarle y si alguien se lo deja chupar…¡ya está! Algunos se
burlan de nosotros y piensan que nunca llegarán a viejos y a lo mejor Dios se
los concede, porque muchos chamaquitos ya tienen sida y no van a llegar.
-Pero ¿no cree usted que es
importante saber su experiencia, para no llegar a estos extremos?- se le
preguntó.
-Son palabras. Dígame a
quién le importa si comemos o no, si calzamos o si necesitamos de alguna
medicina… ¡A nadie! Entonces, ¿qué buscan?… nada. Sólo están de
admirados. Somos viejos, pero no castrados. La sangre está caliente… ¡Ven,
tócamela; todavía se me para! Tenemos derecho a tener sexo y relaciones,
porque somos seres humanos... Pero ya estuvo ¿no?
La historia se repite en
algunos baños públicos –considerados gay-, donde muchos ancianos se pasan
más de seis horas en el vapor general, en busca de un chance, de encontrar
algún contacto físico o, por lo menos, una sonrisa de alguno que se deje
tocar la pierna, mientras pasa frente a ellos.
Aquí, nadie habla; todos se
miran y cuando algún adulto mayor trata de agarrar más de la cuenta, no
falta el que da un manazo o hace una mueca para terminar la fantasía.
Los que
sí se atrevieron
Martina: Me casé cuando
tenía 20 años. Tuve tres hijos y nunca me atreví a dar la cara. Ahora tengo
61 años; nadie más que yo sabe cuanto se sufre por reprimir mi atracción
hacia las mujeres. Con lágrimas, reconozco que soy cobarde. Me importó más
mi carrera. Ahora soy una prestigiada profesionista, pero estoy sola. Con una
casa, con auto propio, un perro; muchos amigos, viuda, con nietos, algo de
artritis, pero nada más...
Federico: Para mí, la vida
es buena. Vivo bien, tengo un puesto en una gran empresa y, para ser
publicista, todo pinta bien. La verdad, siento incomodidad cuando me preguntan
sobre mi vida homosexual. Un poco porque de joven tuve todos los pitos que
pude; ahora, no me quejo, pero sólo me buscan porque saben que tengo
posibilidades. ¡Aunque sigo siendo guapo! A mis 59 años tengo pegue, con
puros militares, pero todavía la muevo.