Primera de dos partes
Por Homero Arriaga
De una multitud de seres que
existen sobre la faz de la tierra, hay algo que nos hace elegir precisamente a
esa persona que nos hace daño. Pero a él o ella le pasa lo mismo; por alguna
razón se siente atraíd@ por alguien a quien puede lastimar. ¿Por qué?
¿Por qué pensamos que el
amor tiene un precio tan alto como para sacrificarnos a nosotr@s mism@s?
¿Cómo fue que olvidamos decir “lo siento” o “esto no me gusta”?
¿Por qué aprendimos a callar cuando deseamos hablar o a maltratar cuando en
realidad queremos un abrazo?
Esa química que nos hace
estar con alguien “especial” no es simple atracción física o la ropa que
trae puesta, tampoco es sólo su forma de ser. Se trata más bien de una
necesidad muy añeja por curar heridas que llevamos con nosotr@s desde nuestra
infancia.
Cuando fuimos niños
ocurrieron muchas cosas que nos lastimaron. Tal vez nuestros padres no
estuvieron cuando los necesitamos: quizás nos sentimos solos, tristes o
enojados y nadie nos dijo qué hacer con esas emociones.
“Estas heridas de la
infancia van construyendo todo un arquetipo de identidad de la persona y, si
no pudo sanarlas en la infancia, van trascendiendo a la pubertad, a la
adolescencia, a la edad adulta y ahí siguen. La pareja es como esa persona
idónea que permite ir sanando esas heridas”, explica el psicoterapeuta
Humberto Payno.
Inconscientemente, pensamos
que nuestra pareja es la persona ideal que nos puede dar cariño, afecto,
compañía y todas esas cosas que añoramos alguna vez, pero que no recibimos
como nos hubiera gustado. O, por el contrario, pensamos que es la persona
ideal para sacar el coraje, la frustración y la ira que no pudimos expresar
en el pasado.
Este encuentro es
potencialmente sano y puede ser muy benéfico para la superación de ambos,
porque se involucran cosas que van desde lo superficial, hasta lo más
profundo de nosotr@s mism@s, nuestras historias, proyectos y deseos.
“Pero cuando se pierde esta
conciencia de los beneficios de la relación de pareja, uno cae en los mismos
juegos y empieza a reproducir en automático los roles del padre, del abuelo,
del tío, del hermano violador, del vecino, de tantas personas que van
dándole un marco de referencia”, comenta Payno.
Si llegamos a este punto, ya
valió. Dejamos de hablar, empezamos a agredir y nos metemos en un juego de
poder, dominados por el miedo. Uno maltrata porque tiene miedo de perder el
control; el otro permite que lo maltraten para no perder. El hambre de estar
con alguien y la tristeza de la soledad acaban por atarnos.
“No estamos acostumbrados a
hacer una valoración de nuestras relaciones, de valorarlas periódicamente,
como a lo mejor sí lo hacemos con un trabajo: esto ya no me gusta, esto sí,
esto tal”, dice Marta Torres Falcón, investigadora del Colegio de México.
“Con esta violencia
contenida por toda la formación, la educación y demás, generalmente del
padre, de la madre o de los hermanos mayores, la persona contiene todo esto y
finalmente llega a tener una relación de pareja. ¿Y con quién se desquita
uno? Con el que le tenga más confianza, porque los demás me pueden agredir”.
Nuestra vida se instala en
una codependencia en la que “no puedo vivir contigo, pero tampoco puedo
vivir sin ti”, que tiene como trasfondo una imagen muy deteriorada de
nosotr@s mism@s.
Ser homosexual en una cultura
machista tiene un precio muy alto que aprendemos a pagar desde muy jóvenes,
ya sea en forma de agresiones o encerrándonos en el clóset. “Ya por ser
homosexual hay una costumbre de que todo debe tener un precio, alto a veces”,
afirma Ricardo León, psicoterapeuta.
“Vivo acostumbrado a
tratarme de segunda. Entonces llego y me instalo en una relación de pareja y
me tratan mal, pues lo espero, lo estoy repitiendo. Hay algo que me dice que
no está bien que me maltraten, pero hay algo que me dice que es lo que
conozco”.
Compramos la idea de que el
amor homosexual está prohibido y que debemos pagar un costo muy alto para ser
amados, que muchas veces es la violencia, aguantar, aguantar y aguantar.
Específicamente en las
relaciones homosexuales, explica Torres Falcón, no podemos hacer una
división tan tajante entre agresor y víctima, porque los roles dentro de las
parejas gay también son intercambiables.