por Ríos Alcocer.
Chalcamá es una alta colina
casi en la frontera con Guatemala, esto quiere decir que es tierra Maya. Hay
ahí una torre elevada en honor de la luna. La torre no tiene techo pero sí
una puerta que da al norte y se supone que abre directamente a los cielos, a
la luna. Los hombres que construyeron ese templo, hace siglos que
desaparecieron de manera misteriosa al igual que sus conocimientos
astronómicos y sus ritos religiosos, pero se dice que en los habitantes de la
región ha quedado la tradición de celebrar una ceremonia al año en honor de
la diosa de plata.
Mi amigo Emilio, antropólogo
de oficio y por afición, quería asistir a la ceremonia de Chalcamá y me
pidió que lo acompañara.
-No deseo ir como espectador
solamente, sino como participante, quien vaya a mi lado hasta la puerta, debe
ser alguien que piense bien de mí.
La curiosidad es una de mis
grandes debilidades y por eso acepté de inmediato.
Llegamos a un pequeño
poblado cerca del lugar de la ceremonia, poniéndose el sol, así que casi no
pude ver nada del caserío, sólo percibí el rodar sonoro de un río. Nos
alojamos en casa de una anciana cuyo título era el de: “quien sabe el
camino” la palabra maya escapa a mi memoria, pero no la profunda impresión
de amable dignidad de la guía. La anciana nos acomodó en su casa a las
orillas del río. Poco antes del amanecer nos hizo levantar y nos llevó a un
bajo de la corriente donde nos indicó que nos bañásemos, al salir le dio a
Emilio, camisa y pantalón blancos.
-¿Yo no voy a ir de blanco?
Pregunté.
-No usted es acompañante.
En la plaza principal del
poblado nos fuimos reuniendo aquellos quienes subiríamos a Chalcamá.
Observé en torno, seríamos una veintena de personas, de muy diferentes
edades, desde una niña de unos diez años hasta un par de ancianos. Mi
atención se vio capturada no sólo por la diversidad de los integrantes, sino
por el silencio que reinaba entre nosotros.
A una señal de doña Paula,
la guía, echamos a andar por una senda estrecha, un túnel escasamente
abierto entre la vegetación tropical que cubría la base del monte. Pensé
que entre el calor y mi falta de condición física, no tardaría en dar a
conocer mi poco efectivo sedentarismo, pero no fue así. Entre la belleza
subyugante del lugar que volvía todo movimiento, navegación dentro de una
esmeralda y lo insólito de la situación, no hubo cabida para la fatiga,
simplemente perdí la noción el tiempo y me sumergí en el encanto de
descubrir aquí una orquídea casi azul, allá una roja purpúrea, más allá
otra color de oro, diminuta como abeja tocada por el sol, iguanas de jade
tendidas como joyas sobre anillos de ébano, mariposas transparentes, como de
cristal y miríadas de libélulas, violetas unas, rojas las otras. A cada paso
me asaltaba una nueva imagen de belleza nunca antes vista.
Pasado el medio día llegamos
a una población en la que ya se nos esperaba con una mesa bien puesta bajo
una palapa de techo entretejido de fina palma real. Pero antes, nos dieron
agua para lavarnos y para los participantes, una muda limpia de ropas blancas.
Al fin nos sentamos a la mesa sobre la cual había jarras con agua de coco
apenas turbia e irisada por el sol, arroz guisado con pulpa de coco, tamal de
blanco maíz y toda clase de frutas, amén de generosas rebanadas de queso
fresco. Después de comer nos ofrecieron las hamacas, colgadas bajo el palmar,
mecidas por el viento, para dormir la siesta.
Aproximadamente una hora
después fuimos despertados e iniciamos el ascenso, no pronunciado, pero sí
largo y tanto que llegamos frente a la torre siendo noche cerrada. La luna
llena tenía ese color dorado que pone un halo misterioso sobre todo cuanto
toca. Poco a poco al irse levantando sobre el horizonte fue tomando el tinte
de plata fría y vertical revelando los muros de la torre. Cuando estuvimos al
pié de la redonda construcción milenaria, la luz nacarada hacía brillar las
salientes de las grecas de piedra. Cuando la luna se colocó en el cenit, la
puerta frente a la cual ya estábamos de pié y en silencio, se iluminó
totalmente, se tornó un túnel de plateada, calígine atmósfera que nos
separaba de las sombras.
Doña Paula, levantando los
brazos, saludó a la antiquísima deidad y pidió a los acompañantes que
dijeran algo a favor de los que iban ataviados con vestiduras blancas.
Al llegar mi turno, volviendo
el rostro hacia Emilio, reconocí:- Es un buen amigo, generoso, valiente...
Una vez que los acompañantes
terminaron de reconocer lo bueno de sus amigos, éstos fueron entrando en la
torre. Nosotros debimos permanecer afuera.
Al cambiar la posición de la
luna, el fenómeno del haz lumínico se desvaneció.
Un sopor invencible se
apoderó de mí, me senté apoyado en el tronco de un árbol y me dormí sin
sueños. Desperté cuando la luz del sol me tocó en el rostro como un viento
tibio. Abrí los ojos, estaba solo en lo alto de la colina, frente a mí
estaba la torre de Chalcamá, en toda su belleza. La piedra caliza que la
formaba, brillaba hoy, áurea al contacto de la luz solar, como ayer relució
argentada por la luna.
Me aproximé a la puerta por
la que penetraron Emilio y los otros. Traspuse el umbral, había sólo un
espacio vacío tras el alto muro.
Decidí buscar a los demás,
rodeé la torre, retorné por el sendero por el que habíamos ascendido, pero
no encontré a nadie, me preocupé, pensé que no estaría ya lejos del
poblado en el que nos detuvimos a comer y a descansar. No fue así, continué
bajando sin encontrar ningún lugar habitado. Finalmente me extravié y no fue
sino hasta ya entrada la tarde, que fui a dar a la carretera. De ahí, un
camión que transportaba cortadores de caña, me llevó a la ciudad.
Desde ese misterioso día no
he vuelto a saber de mi amigo Emilio. Su desaparición afectó de tal modo mi
existencia que cada año, por las mismas fechas en las cuales sucedió cuanto
le he narrado, retorno a Chalcamá y recorro la colina tratando de encontrar
los poblados por los que pasamos, a doña Paula o... quizás pretendiendo que
una noche lunada se abra también para mí la puerta de la legendaria torre
maya.