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EL AMULETO

Por Ríos Alcocer

Helmut se detuvo por un instante, miró al frente y se dio cuenta de que estaba en apuros, una súbita niebla se levantaba de los altos picos de los Alpes. Había subido demasiado, el resguardado valle quedaba muy abajo y muy lejos de la tormenta que se le venía por encima. No tendría tiempo de retornar al roquerío a buscar refugio, estaba sobre una empinada ladera sin asidero, abierta a los vientos que traían rodando grandes nubes color de plomo. Aún sabiendo que era inútil, comenzó un tardío descenso que la creciente neblina volvía incierto y difícil.

Entonces lo vio surgir frente a él, era un hombre alto, macizo, vestido de pieles con el pelaje hacia adentro. Llevaba un hacha de cobre en la diestra. De la correa que le circundaba el cuello colgaba una piedra blanca aovada perforada en el centro, por ahí corría la tira de cuero como un río de tiniebla que penetrara en la luna. Mostrando aquel amuleto, más como un escudo protector que como abalorio de buena fortuna, el hombre de la bruma se acercó al alpinista, éste se quedó inmóvil a causa de la sorpresa.

La tormenta estalló con violencia. Las ráfagas de viento levantaron la nieve barriendo la pronunciada pendiente, pero de manera inexplicable, el torbellino de la ventisca no los tocaba, ambos hombres permanecían de pié, frente a frente cubiertos por un domo invisible que los aislaba de las inclemencias externas. Se hizo un silencio intenso y Helmut vio como el hombre de las pieles se quitaba del cuello el blanco amuleto y lo dejaba a sus pies, luego sin palabra, sin un gesto, volvía a la niebla de donde había surgido, desapareciendo detrás de ella.

Se inclinó a recoger la piedra y la correa, al hacerlo le pareció que toda la ladera de la montaña se dividía en dos. A su espalda quedaba la ventisca que no lo tocaba y al frente se abría un día soleado, cálido. Hizo una prueba, soltó de nuevo el amuleto y retrocedió alejándose. Entró en la tormenta, en el frío aire cortante, casi rodó pendiente abajo por las fuertes rachas del viento. Avanzó de nuevo y entró a la calma tibia de la zona que marcaba aquella piedra lunar. Se la colgó al cuello y todo el paisaje sufrió una rara transformación, los montes se veían más afilados, recién salidos de la forja, nuevos. Retiró de si la blanca piedra y el paisaje volvió a su aspecto asentado, pulido por la erosión milenaria. Algo en su interior le decía que era su oportunidad de escapar de este siglo amargo y violento. En aquella alta montaña se había abierto una fisura en el tiempo y él podía huir por ella.

Apenas experimentó una leve vacilación. ¿Qué dejaba atrás? Un complicado amor no correspondido, un puñado de sueños rotos, el obscuro recuerdo de muchos masacrados en nombre de la ambición, luchas fraticidas por escalar el poder....

Sacudió la cabeza, le dio la espalda al glaciar y se encaminó hacia abajo, al pasado. Al descender, allá en el fondo del valle del Hostal, un grupo de hombres lo saludó con júbilo:

- Ötz ha regresado.

- Fue a hablar con el dios de la montaña.

- Ya está aquí el shaman

Helmut nunca sabría que aquel día, dos escaladores encontraron el cuerpo congelado del verdadero Ötz, lo reportaron a Innsbruck y el antropólogo de ahí determinó que aquel cuerpo tenía una antigüedad aproximada de cinco mil años.

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