Alguna vez me preguntaste:
-¿Cómo es para ti la muerte, cómo la imaginas?.
Y la respuesta quedó
pendiente, pero me revoloteó en la mente varios días... ¿Cómo es para mi
la muerte?. No necesito imaginarla, ya antes la tuve cerca... demasiado cerca,
a punto de poseerme. Lo suficientemente cerca para mirarla y codiciarla.
La muerte siempre se presenta
en la forma mas anhelada (no siempre humana) e incitante para su víctima.
Porque ¿Quién puede resistirse a su llamado?
Ella (mi muerte) es una mujer
morena; bella; de ojos oscuros como abismos (en los que con gusto me dejaría
caer, para encontrar en ellos una luz que no me dañe); de boca voluptuosa que
ofrece un beso que tarda una eternidad en hacerse manifiesto, que divaga entre
la realidad y el sueño; primero provoca con su aliento, entrecierra los ojos,
parece a punto de sucumbir, de compartir conmigo su misterio para luego
alejarse y decir: -No, espera, aún no.
Sus brazos son suaves,
tibios, delicados pero con la fuerza de la fascinación, capaces de retener
perpetuamente y hacer que el olvido (olvido de la vida, olvido de uno mismo)
se haga presente sin más explicación.
Amante fiel que sabiéndose
eternamente deseada por mi, me evade, se esconde sonriendo pícara,
postergando nuestro encuentro indefinidamente porque está siempre ávida de
historias, de vida, de deseos y sueños. Cuando al fin me abrace, me
preguntará:- ¿Qué has hecho, amor, durante mi ausencia?
Y entonces le contaré de mis
amores, de mis deseos, de mis sueños mas secretos. Me escuchará y reirá
conmigo, y lloraremos juntas, y disipará mis temores con su sola presencia.
Me llamará por mi nombre, sonreirá seductora, bajará por un momento la
mirada, luego la clavará en mi y dulcemente me pedirá: -Ven, quédate
conmigo y te prometo que la noche será eterna...
Y no podré (ni querré)
escapar. Me entregaré al éxtasis de lo inevitable.
No hay mejor regalo para Ella
que una existencia plena, plagada de recuerdos, porque a pesar de lo que
pudiera creerse, ama lo vivo, lo que se encuentra en constante movimiento: la
risa de los niños, el transitar desquiciado de la gente (que a veces no sabe
ni a donde va).
Es el otro rostro de la vida,
no su fin.