Por Isabel Medina Rojas.
La poesía toca lo más hondo
del ser, trastoca el alma y la muerte, es espíritu que escucha lo ineludible,
tiene una intención que se desprende poco a poco de la inconsciencia, desata
del interior las potencias oscuras que no se someten a la razón, porque
prefiere estremecer antes que armonizar.
Los llamados poetas malditos,
nos llevan a escuchar lo misterioso, cruel y penoso, donde se oyen a un mismo
tiempo los gemidos del dolor y los siniestros cascabeles de la locura,
impregnados de melancolía y tristeza.
Muchas cosas, parecen
siniestras, pero no lo son en la poesía, porque en ella hay ficción que
provoca efectos que no existen en la realidad.
El filósofo Platón
escribió acerca de la poesía "todo aquel que se atreva a escribir
poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que
puede ser poeta, tan solo por el hecho de escribir de acuerdo con determinados
recursos técnicos, estará muy lejos de ser un poeta verdadero, porque la
poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura
divina".
A los poetas malditos se les
ha relacionado con lo siniestro. Sus vidas están marcadas de anécdotas
dolorosas e increíbles, no pueden ser juzgados por rarezas o extravagancias,
ni ser sentenciados por la cordura y la razón que los separa del resto del
mundo ya que son auténticos poetas que han trascendido en la historia.
El poeta Isidoro Ducasse, "Conde
de Lautréamont", escribió los poemas en prosa, "Cantos
de Maldoror", cuyos nombres de Maldoror y Marchenoire,
son una condensación de Mal - Dolor y Destino Negro,
nació en Montevideo, el 4 de abril de 1846, y murió en Paris El 24 de
noviembre de 1879 a la edad de 24 años, después de publicar los Cantos y
poesías, en las que pegaba la oreja a todas las puertas de su infierno, que
se traduce en su inconsciente, simbolizado por Maldoror, para escuchar la
venida de aquel Dios a quien sus propios domésticos iban a masacrar.
León Bloy, al referirse al
Conde de Lautréamont en 1890 escribió "El signo incontestable del gran
poeta es la inconsciencia profética, la turbadora facultad de proferir sobre
los hombres y el tiempo palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo.
Esa es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las mentes sagradas
o profanas".
Rubén Darío, fue el primero
en hacer conocer la obra de Lautréamont en América. Tradujo, además,
algunos fragmentos de los cantos. "Los perros aúllan, sea como un niño
que grita de hambre, sea como un gato herido en el vientre, bajo un
techo..." y Leopoldo Lugones, influido por el entusiasmo de Darío y
estos fragmentos, compone a sus 20 años de edad en 1897 su poema titulado
Metempsicosis:
"Sobre el filo más alto
de la roca
ladrando al hosco mar estaba un perro,
sus colmillos brillaban en la noche
pero sus ojos no porque era ciego:
Su boca abierta relumbraba, roja
como el vientre caldeado de un brasero;
como la gran bandera de venganza
que corona las iras de mis sueños;
como el hierro de una hacha de verdugo
abrevada en la sangre de los pueblos".