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SÍ, PERO... ¿SERÁ QUE ES VERDAD?

(La agrupación católica del movimiento cristiano lésbico y gay "LGCM" de Gran Bretaña organizó una reunión en la Iglesia de Sta Ana de Soho en Londres el domingo 3 de agosto para responder a las propuestas del gobierno británico a favor de uniones civiles para personas del mismo sexo. El texto que sigue fue la aportación teológico-pastoral improvisada de James Alison, puesta por escrito después de la reunión. La versión original en inglés puede leerse en el sitio web www.gaycatholicforum.com bajo el título "Yes, but is it true?")

Muchísimas gracias por haberme convidado a participar de esta mesa redonda. Inicialmente no acepté la invitación, por dos motivos: en primer lugar acabo de regresar de una semana de dar cursos y no me he podido preparar adecuadamente, y en segundo lugar porque me pareció que sería mejor que la aportación teológica estuviera a cargo de alguien que vive, él mismo o ella misma, en pareja. Lo cual no es, lamento decir, mi caso. Sin embargo, la invitación volvió, de modo que, al riesgo de caer en la clásica trampa clerical del cura hetero y célibe que da consejos matrimoniales a parejas heteros sin la ventaja de haber vivido de cerca lo que está proponiendo, me encuentro a mí mismo, un cura gay sin pareja, confrontando este asunto desde una posición de semejante ineptitud.

Desde que el gobierno británico anunció sus propuestas, y organizamos esta reunión, el Vaticano salió con su documento el jueves pasado[1]. Se supone que el tal documento tiene por finalidad iluminar, o tal vez ensombrecer, toda reunión de este tipo. De modo que me gustaría comenzar pidiendo que consideremos nuestras reacciones frente a esta intervención romana.

En primer lugar, permítanme decirles lo siguiente: No se dejen provocar. Esta clase de documento y el lenguaje que utiliza nos asesta un golpe en las tripas, y luego nos encontramos reaccionando de maneras que no son razonadas. De hecho, es una parte de la naturaleza provocadora de semejantes documentos el que tiendan a sacar a la gente de su capacidad para una respuesta razonada, y luego perdimos los estribos, y toda la discusión que sigue se hace acalorada y odiosa. Démonos el lujo de un poco de tiempo para tomar un paso atrás para considerar la intervención y permitirnos que quedemos libres de una reacción inmediatista.

Para hacer esto, les ruego acompañarme en un ejercicio de la imaginación que tal vez ayude a dar un poco de perspectiva sobre las cosas. Imaginemos que estamos en la Alemania de 1933 y que el Vaticano acaba de promulgar un documento, parecido al nuestro, lleno de un lenguaje absolutista. Nos dice que existen ciertas propuestas legislativas para discriminar contra personas judías, y que, por blandas y benignas que parecieren tales propuestas, estas propuestas constituyen, de hecho, un grave mal moral que ataca en sus raíces la posibilidad de una justa convivencia humana, y que si florecen las tales propuestas, producirán un daño inmensurable en la estructura de nuestra humanidad. A los obispos se les ordena que hablen fuerte contra las propuestas. A ningún político católico le es legítimo siquiera contemplar la posibilidad de apoyarlas, puesto que esto sería darle aprobación al mal. Dondequiera que tal legislación existe ya, los políticos católicos tienen por deber el trabajar por su abolición. Únicamente podrán ellos apoyar propuestas legislativas que no anulen tal legislación en la medida en que éstas tienden a reducir su alcance.

Les propongo que, si tal documento hubiera aparecido en 1933 o 1934 en vez de las declaraciones algo amortiguadas que sí emergieron, todos tendríamos mucho orgullo de ello ahora. A la época, tal vez se hubiese dicho que "es un una injerencia inapropiada en el proceso democrático" o algo parecido. Otros tal vez hubiesen comentado con desaprobación la aspereza del tono del documento, su lenguaje absolutista, o la infelicidad de la traducción desde el latín o el italiano. Pero, mirando las cosas retrospectivamente, el documento habría tenido toda la razón.

Digo esto porque no hago objeción alguna en principio a que el Vaticano produzca un documento tal y como el actual. No pongo ningún reparo a que el Vaticano nos grite a nosotros, o a nuestros obispos, o a nuestros representantes elegidos, ni hago objeciones a la aspereza del tono o a la infelicidad de la traducción. No es estúpido imaginar que somos personas que tal vez necesitemos que nos griten. La reacción más apropiada de nuestra parte a un documento de este tipo con respecto a la cuestión judía en 1933, si hubiéramos recibido la bendición de semejante cosa, habría sido "Sí, pero...¿será que es verdad?" Ojalá en aquella oportunidad hubiésemos hecho esta misma pregunta. Ojalá hubiésemos reconocido la veracidad de la advertencia, y ojalá hubiésemos puesto mano a la obra para impedir que nuestra sociedad caminase derechito al infierno.


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