Pero esto en realidad a mí
no me importa. Que se hacinen, que se amontonen, que copulen, que se jodan. A
mí los que me duelen son los animales. A ver, ¿cuántos hay en los
evangelios? Hay una piara de cerdos donde dizque se metió el demonio. Un
camello que no pasará por el ojo de una aguja. Una culebra símbolo del mal.
Y un borriquito, en el que venía Cristo montado el domingo de ramos cuando
entró en triunfo a Jerusalén. ¿Y qué palabra de amor tuvo Cristo para
estos animales? Ni una. No le dio el alma para tanto. ¡Cómo va a estar
metido el demonio en un cerdo, que es un animal inocente! A los cerdos, en
Colombia, en navidad, los acuchillamos para celebrar el nacimiento del Niño
Dios. Todavía me siguen resonando en los oídos sus aullidos de dolor que oí
de niño. El demonio sólo cabe en el alma del hombre. ¿No se dio cuenta
Cristo de que él tenía dos ojos como los cerdos, como los camellos, como las
culebras y como los burros? Pues detrás de esos dos ojos de los cerdos, de
los camellos, de las culebras y de los burros también hay un alma.
Cristo viene de la religión
judía, una de las tres semíticas, a cuál más mala. Las otras son el
cristianismo, que él fundó, y el mahometismo, que fundó Mahoma. A estas dos
religiones o plagas pertenece hoy la mitad de la humanidad: tres mil millones.
Tres mil millones que se niegan a entender que los animales también son
nuestro prójimo y sienten el dolor y tienen alma y no son cosas. Dos mil
años llevamos de civilización cristiana sin querer ver ni oír, haciéndonos
los desentendidos, atropellando a los animales, cazándolos por sus colmillos
o sus pieles, experimentando con ellos, inoculándoles virus y bacterias,
rajándolos vivos para ver cómo funcionan sus órganos y sus cerebros,
maltratándolos, torturándolos, vejándolos, enjaulándolos, asesinándolos,
abusando de su estado de indefensión, con la conciencia tranquila y la
alcahuetería de la Iglesia y la indiferencia de Dios. Por algo está la
Biblia llena de corderos que el hombre sacrifica en el altar de Dios
regándolo con su sangre. ¿En qué cabeza cabe sacrificar a un cordero, que
es un animal inocente que siente y sufre como nosotros, en el altar de Dios
que no existe? Y si existe, ¿para qué querrá la sangre de un pobre animal
el Todopoderoso?
Los animales no son cosas y
tienen alma y no son negociables ni manipulables y hay una jerarquía en ellos
que se establece según la complejidad de sus sistemas nerviosos, por los
cuales sufren y sienten como nosotros: la jerarquía del dolor. En esta
jerarquía los mamíferos, la clase linneana a la que pertenecemos nosotros,
está arriba. Mientras más arriba esté un animal en esta jerarquía del
dolor, más obligación tenemos de respetarlo. Los caballos, las vacas, los
perros, los delfines, las ballenas, las ratas son mamíferos como nosotros y
tienen dos ojos como nosotros, nariz como nosotros, intestinos como nosotros,
músculos como nosotros, nervios como nosotros, sangre como nosotros, sienten
y sufren como nosotros, son como nosotros, son nuestros compañeros en el
horror de la vida, tenemos que respetarlos, son nuestro prójimo. Y que no me
vengan los listos y los ingeniosos que nunca faltan a decirme ahora, para
justificar su forma de pensar y de proceder, que entonces no hay que matar un
zancudo. Entre un zancudo y un perro o una ballena hay un abismo: el de sus
sistemas nerviosos.
Varias veces al año las
playas de las islas Faroe (al norte de Dinamarca) se transforman en campos de
matanza de ballenas. Grandes grupos de ballenas son guiados hacia ellas y
atacados desde las embarcaciones balleneras y sacrificados sin misericordia.
Primero les entierran un garfio metálico de 5 libras de peso, luego les
cortan la médula espinal con un cuchillo ballenero de 6 pulgadas. El gancho
se lo entierran varias veces hasta que las pueden enganchar bien para empezar
a cortar. Como por instinto las ballenas luchan violentamente en medio de su
agonía, es casi imposible matarlas con un solo corte. Deben soportar y sufrir
varios antes de morir. A los nórdicos ahora se les han venido a sumar los
japoneses. ¡Los japoneses! Los de Pearl Harbor, los que en la Segunda Guerra
Mundial les hicieron a los chinos y a los coreanos ver su suerte. Ahora
cazando ballenas. ¡Cómo vamos a comparar a un japonés --que es un
hombrecito bajito, feíto, amarillo, cruel-- con una ballena que es un animal
grande y hermoso!
Y los delfines, los otros
mamíferos acuáticos, que protegen a los náufragos de los tiburones: en los
últimos cuarenta años hemos matado setenta millones.
El dolor es un estado de
conciencia, un fenómeno mental y como tal nunca puede ser observado en los
demás, se trate de seres humanos o de animales. Cada quien sabe cuándo lo
siente, pero nadie se puede meter en el cerebro ajeno para saber si lo está
sintiendo el prójimo. Que los demás lo sienten lo deducimos de los signos
externos: retorcimientos, contorsiones faciales, pupilas dilatadas,
transpiración, pulso agitado, caída de la presión sanguínea, quejas,
alaridos, gritos. Pues estos signos externos los observamos tanto en el hombre
como en los mamíferos y en las aves. Aunque la corteza cerebral está más
desarrollada en nosotros y este mayor desarrollo es el que nos permite el uso
del lenguaje, el resto del cerebro en esencia es el mismo en todos los
vertebrados pues todos procedemos de un antepasado común. Así las
estructuras cerebrales por las que sentimos el hambre, la angustia, el miedo,
el dolor, las emociones son iguales en nosotros que en el simio, en el perro o
en la rata. ¿Cuántos millones de simios, de perros y de ratas hemos rajado
vivos para llegar a estas conclusiones?