Todos fuimos entrenados como
si fuéramos heterosexuales. Nadie nos preguntó si estábamos conformes con
nuestro género, ni se esperaron a conocer nuestra orientación sexual.
De repente nos hacemos
conscientes de que nacimos en un país que tiene leyes para proteger los
proyectos de vida heterosexual que emprendamos, que cuenta con iglesias que
condenan todo lo que no sea el matrimonio, donde existen familias intolerantes
y carentes de una formación mínima elemental sobre la sexualidad humana.
Si eres heterosexual, si te
gustan las personas del otro sexo, puede ser que no te des cuenta de esto que
te comento.
Nuestra cultura actual no nos
prepara para entender positivamente las diferencias. Hemos sido educados para
interpretar cualquier diferencia como si fuera un defecto. Y no solamente no
respetamos las diferencias, sino que muchas veces, en nuestro entrenamiento
social, está bien visto rechazar, agredir, y temer a quienes clasificamos
como diferentes.
Nacimos en una sociedad en la
que se pretende que la heterosexualidad sea obligatoria para todos. Darse
cuenta de que uno es diferente puede ser una experiencia aterradora en muchas
situaciones. Imagínate: desde la mas tierna infancia te advirtieron que
tuvieras cuidado con esos seres sucios, pervertidos, degenerados y enfermos
que dedicaban su vida a incomodar a la sociedad decente. Si uno de ellos
pasaba por ahí, te enseñaban a agredirlo y a burlarte de su patético
defecto.
Vas descubriendo a una edad
que puede variar de los 4 a los 100 años, que para ti es indispensable en la
vida lo que las personas que más quieres, y las que más te quieren,
consideran malo, asqueroso, inaceptable y pecaminoso. No es sencillo asumir
que una parte esencial de ti, es lo que todos dicen odiar más que nada en el
mundo.
Ante un conflicto de esta
magnitud, cada persona reaccionara de una manera diferente. Los familiares,
conocidos y amigos lo enfrentarán de la manera en que quieran y puedan
hacerlo.
Permanecer en el closet puede
ayudar a pasar desapercibido, pero todo tiene un límite. En muchas ocasiones,
llevar una doble vida puede resultar terriblemente desgastante y aburrido.